viernes, 22 de marzo de 2013

Grupo 7

Los prejuicios no son buenos, eso lo sabe todo el mundo. Todos hemos pecado alguna vez de mente cerrada cuando llega el momento de reconocer el error. Esto sucede a menudo en el cine, cuando el público etiqueta al actor o actriz de turno, y en cierto modo le impide crecer en su carrera. Es una profesión en la que el atractivo físico es un arma de doble filo, y una condición que a menudo sale cara. Abre muchas puertas, especialmente las del cine romántico y el mundo televisivo que suele proporcionar mucha fama a pesar de las críticas, pero se convierte en un lastre en el momento en que el principiante quiere dar un paso más. Mario Casas se encuadra dentro de ese colectivo de actores a los que una mira con cierta desconfianza en el cambio, y mucho más cuando, como es el caso, parece estar en todas partes, cuando se pone de moda. Puede que Casas sea imagen de carpeta de instituto y que ni en esta película se libre del desnudo, pero parece que lo está intentando, y merece una oportunidad. Seguiremos a la expectativa de sus próximos trabajos.

Grupo 7 no es ninguna obra maestra, ni mucho menos. Pero el resultado es fácil de vender, muy comercial. Tiene una buena dosis de acción, acrobacias por la ciudad con saltos imposibles y carreras de esas en las que el malo siempre es más lento, una dosis de violencia que trata de no ser morbosa, policías de métodos dudosos, almas perdidas que mendigan un poco de amor o un poco de droga, según sea el caso, y un toque de humor. Cuenta con un trabajo extraordinario de Joaquín Nuñez como actor secundario (ganador del Goya a actor revelación por este trabajo), que le da cierta gracia andaluza a una película que sin él probablemente se quedaría sosa. Y sobre todo consigue mantener la tensión, una sensación de peligro constante y cierto grado de desasosiego en el espectador a lo largo de toda la trama (a excepción, quizá, de una eterna introducción en la que no sucede prácticamente nada).

Y sin embargo a Grupo 7 le falta pulirse. Da la sensación de que no se le ha dedicado el tiempo que realmente necesitaba una película de sus características. Los personajes, que se dividen entre criminales buenos y criminales malos son esencialmente planos, y su evolución, cuando la hay, sucede de una forma tan brusca que no permite identificarse con ellos. Además termina insistiendo en la trama policíaca y abandona el lado emocional, dejando a sus protagonistas como sombras indefinidas e incluso algo incongruentes, a pesar de disponer de un enorme potencial por las vidas que se les han perfilado. Los ingredientes son buenos, pero al resultado le falta espíritu.

Lo mejor: la habilidad para mantener el suspense y la tensión en determinadas escenas y que la película contribuya a engrosar el catálogo de un cine español más comercial que ayude a desmitificar su imagen actual y permita llenar las arcas.

Lo peor: el desaprovechamiento del potencial humano y emocional de sus protagonistas, y la deficiente vocalización e impuro sonido de los diálogos, que prácticamente obligan al espectador a leer los labios para descifrar el texto.

Nota: un bien, de los de ni fu ni fa.




miércoles, 20 de marzo de 2013

La Voz del Interior


Todos tenemos sueños e ilusiones sin cumplir, conflictos, problemas, traumas y cadenas que arrastramos a lo largo de nuestras vidas como monstruosos lastres. Es muy difícil encontrar el verdadero sentido de nuestras vidas, lo que de verdad importa. A veces los que han encontrado respuestas antes que nosotros a tan complejas preguntas pueden servirnos de ejemplo. Tal vez por eso, un director prácticamente principiante (Steven Sawalich) escogió la vida de alguien como Richard Pimentel para crear esta guía de viaje que lleva por nombre La Voz del Interior. La cinta, de 2007, contiene alguna que otra respuesta a preguntas que nos han atormentado a todos en algún momento, lo que la hace especialmente esperanzadora.

Empleando un tono optimista y luminoso a pesar de la dura realidad a la que nos remite, la película muestra sin demasiados artificios, de un modo sencillo, el desprecio sufrido por las personas discapacitadas durante la década de los setenta (y antes, y desgraciadamente incluso hoy en día) no solo por parte de la ciudadanía sino también desde un punto de vista legislativo y político. Acompañado (que no encubierto) por un toque de afilado humor, la película va más allá de la crítica social o de una representación de dicha realidad. Supera el desprecio y no llega a la compasión, por lo que se acomoda en una igualdad sincera. Una perspectiva sobre el tema que recientemente ha recogido también la aclamada Intocable. Resguardado en este punto de vista, el cineasta se niega a provocar la lagrimilla fácil y a focalizar la atención del espectador en los impedimentos y los problemas y prefiere centrarse en la lucha y en los logros, siguiendo siempre la máxima de no tirar la toalla, porque caminos nunca faltan.

Una actuación impecable de Michael Sheen consigue suplir las sutiles aunque existentes carencias en el trabajo de sus coprotagonistas, Ron Livingston y Melissa George, y un par de temas muy acertados de la banda sonora cierran este film rebelde que tiene todo lo que hay que tener para convertirse en dvd de cabecera.

Lo mejor: el tono sencillo y sin artificios con el que transmite un mensaje de verdadero interés humano.

Lo peor: el exceso de sobriedad en la actuación de Livingston y una sensación de distanciamiento que se hace notar en determinados momentos de la trama.

Puntuación: notable alto.